Suele decirse bastante últimamente que no vivimos en una verdadera democracia; cosa que no sólo es cierta, sino que viene siendo así desde bastante antes de que se empezara a decir. Sin embargo, hay un hecho que parece pasar bastante desapercibido en plena vorágine del “Cospedal a Soto del Real” y el “no hay pan para tanto chorizo”: la existencia de elecciones, esa cosa que consiste en meter una papeleta en un sobre sin dinero negro y depositarlo en una urna.
Sí, queridos españoles (o como coño os queráis denominar), las elecciones son ese fenómeno por el cual, hace bien poquito, miles de gallegos gilipollas de remate han dado una mayoría absoluta al PP; otros miles de catalanes tontos del culo han seguido apoyando masivamente a CiU; y otros miles de vascos de RH negativo (allí la estupidez está genéticamente descartada, aunque tus padres sean extremeños) han dejado claro que quieren una putrefacción exclusivamente vasca.
Parece que me olvido del PSOE… Bueno, más bien les han olvidado los propios votantes, porque hasta la estupidez tiene límites, y ya al menos nos ha quedado un poco claro cuál es el socialismo del siglo XXI: espantar a toda tu potencial clientela.

Cómo juntar una tonelada de mierda en cinco metros cúbicos…
Hace no mucho vi por televisión unas imágenes que ilustran con bastante claridad que el ochenta por ciento de la población de este país sí se merece a los dirigentes que tiene: En una concentración frente al Hospital de la Princesa, en Madrid, una de las congregadas (una señora afectada por la vorágine privatizadora “pepera”) hacía la siguiente escalofriante confesión: “Pues yo siempre les había votado, pero… claro, ¿cómo iba a saber yo que iban a hacer esto?”
Esta buena mujer parecía, por tanto, no haber detectado ningún indicio sospechoso en un par de décadas de voto incondicional. Tampoco el hecho de que tras el 11M el “bankero” “iberdrolo” Acebes estuviera siguiendo “dos líneas de investigación” (y al principio sólo una) le debió sentar especialmente mal. Si total Don Federico ya bendijo la teoría.
Es pues un hecho constatado que España es un país de gilipollas de remate: gente sin sentido crítico, sin memoria, sin amor propio, sin dignidad ni coraje y sin luces de ningún tipo. En definitiva, un país cuyo Ministerio de Cultura ha quedado definitivamente ubicado en la sede de Telecinco; y en el que lo sorprendente sería que Mariano, Dolores, Iñaki, Durán y Pepiño nos tomaran en serio.
Un país en el que, además, ahora parece normal que sea esa minoría que vio toda esta mierda venir de lejos la que se ponga delante de los antidisturbios a recibir hostias, multas y paseos al juzgado. Todo ello, obviamente, para salvaguardar los intereses básicos de toda esa legión de borregos que nunca han entendido que la decisión de votar, no votar, o decidir a quién votar es algo muy serio.
Queridos amigos, no lo hagáis: no os plantéis ante los antidisturbios porque no va a servir de nada. Los que de verdad valéis algo en este país sólo tenéis una opción: salir de él mientras encontréis una alternativa mejor. España, simplemente, está al borde de la autodestrucción. No lo digo yo; lo dice la voluntad popular.



